13. Creb Durga

Héroes son aquellos que, en cada momento, hacen lo que debe hacerse. Serán las crónicas futuras las que juzguen si los Usuluni deberían ser llamados así pero si es cierto que enfrentaron cada dificultad del camino con valor y arrojo.

Tras el triunfo aciago en Badraught reaparecieron las viejas alianzas y promesas, los montaraces del Norte, los restos del antiguo reino de Arnor, ocultos a vistas de todos habían decidido acabar con la amenaza del tirano del sur de Eriador, Ardagor el antiguo Señor de la Guerra que, refugiado en las colinas de Creb Durga, extendía sus tentáculos por el sur del antiguo reino de Cardolan hasta, incluso, el lejano pueblo de Bor Leath. Al fin las injerencias del antiguo servidor del Rey Brujo de Angmar llegarían a su fin o perecerían en el intento.

Beretar, capitán de los Montaraces en ausencia de Aragorn, convocó a la mayoría de los hombres y mujeres de los que podía disponer sin poner en peligro su principal misión y partieron al sur, raudos e invisibles a enfrentarse a un destino incierto. Llamó también a sus aliados, hombres y elfos, del antiguo Norte a unirse en aquel enfrentamiento pero, bien era sabido, que muchos de los Primeros Nacidos, hastiados por el dolor y la pena de muchas pérdidas han perdido las ganas de vivir y luchar y sólo permanecen en los puertos élficos hasta que pierden la voluntad de vivir y marchan al Oeste.

Así, sin ser numerosos pero fuertes en voluntad, marcharon al sur, auspiciados por las estrellas y la luna, y recorrieron el antiguo sendero del Sur reuniéndose aquí y allá con viejos amigos, determinados a poner fin al man de Longeband. Y así, aparecieron los usuluni en escena pues Adrahil Belzagar pertenece a los guardianes del Norte y su palabra es escuchada entre ellos como igual en fuerza y en sabiduría.

El antiguo tirano del reino de Cardolan había reconstruído los antiguos fuertes y pueblos, abierto minas y dominado con puño de hierro de orco la región cercana y extendido su influencia mucho más lejos. Pero los montaraces habían elegido el duro invierno de Eregion para atacar para impedir al Señor de la Guerra recibir refuerzos de las tierras más lejanas de su dominio. Así en mitad de una dura tempestar comenzó la campaña de Creb Durga donde los hombres y mujeres del Norte junto con sus aliados de entre los Primeros Nacidos y los hombres de Gondor pusieron todo su arrojo en expulsar para siempre el mal de estas tierras. Tras unos primeros combates acertaron a ver que era demasiado escaso su número y el enemigo estaba demasiado pertrechado, así que confiando en el factor sorpresa se deslizaron en la fría noche superando los puestos de guardia y avanzadillas para internarse en las mismas colinas de Creb Durga.

Pero Ardagor conocía mejor el terreno que sus oponentes y enfrentó al más feroz de sus lugartenientes, Ravambor del Bosque Viejo, al grupo más duro que se internaba en las entrañas de su reino. Los usuluni avanzaron a sangre y acero por las entrañas de la roca luchando contra los orcos, trampas y hechicería que había dispuesto, pero al final en un terrible combate donde el troll negro portaba a Slarne, el hacha roja de la sangre de los Señores de Cardolan, se dispusieron a vender cara su piel ante un enemigo imponente. El viejo troll blandió el arma que tantos sueños había roto, tan afilada que cortaba el mismo humo y se dirigió a Dîn, el Yunque de Usulun. Pero Dîn era un hueso duro de roer, tanto como la misma roca que lo había visto nacer y con la fortuna nacida de la desesperación ante la cercanía de la muerte golpeó con la fuerza de un gigante el Hacha Roja.

Aquel fue su fin pues el Yunque de Usulun demostró ser más fuerte que el Hacha Roja, ésta rota cayó al suelo y Ravambor, aturdido e incrédulo huyó como si no hubiera un mañana.

Así se puso fin a la tiranía de Creb Durga, sus tenientes huídos o muertos, el tirano desaparecido pero perseguido y cazado en las Tierras Salvajes y, por fin, la Colina de la Serpiente cerrada hasta el final de los tiempos.

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12. Badraught

Sólo los héroes son dueños de su propio destino y sólo aquellos con el corazón más noble son capaces de realizar gestas, de viajar por fríos páramos movidos tan sólo por la palabra.
Así los Usuluni guiados únicamente por la promesa que habían hecho a Dolin de Zarak Dum tomaron de nuevo sus armas y partieron hacia el lejano puerto de Annon Baran donde la sombra del Calamidad aún se cernía sobre el puerto. Muchas las miradas y pocos fueron los comentarios, pero sobre todos ellos se paseó la sombra de los acontecimientos en el barco maldito. Viajando hacia el norte llegaron al pequeño pueblo de Badraught, un asentamiento sin apenas nombre y sin historia donde un año antes habían dado su promesa de volver.
Aquel frío día empezó sin nada más que el miedo reflejado en el rostro de los campesinos, cada otoño los bandidos robaban sus cosechas dejándolos con apenas lo suficiente para subsistir hasta el siguiente año, los pueblerinos pobres como ratas habían vendido su futuro confiando en que estos hombres darían buen fin a la penuria que los abatía.
La crónica de aquellos días que siguieron a la llegada de los hombres de Usûlun son guardados con celo en el archivo del pueblo pues se cuenta que con astucia y sigilo encontraron el campamento enemigo y combatieron contra hombres y bestias, terribles trolls llegados de las montañas pues estos mercenarios eran los secuaces del inmortal Ardagor, Señor de la Guerra de los tiempos antiguos que había sobrevivido a la caída de su antiguo amo en el norte y que, con taimada inteligencia, había pervivido hasta los tiempos modernos. Aquellos que lo servían no conocían la piedad así que espoleados por la sangre fácil se enfrentaron a los valientes pero, ¡ay!, ¿cuántas luchas han terminado con sólo los usuluni en pie? Así fue una vez más pero no es oro todo lo que reluce, no.
Uno de los principales servidores del Señor de la Guerra impulsaba con sus gritos y con la tormenta que lo seguía a los trolls y hombres y portaba un enorme martillo, forjado en algún profundo pozo de Creb Durga. En aquel combate, Sunthas Espinonegro fue derrotado completamente por primera vez, ni siquiera su escudo, defensa de Usûlun, pudo soportar los golpes de aquello surgido de las más antiguas montañas.
Fue sin duda una lucha aciaga, sangrienta y dura, como antes no habían visto. Cuando la criatura con el rostro cubierto de sangre cayó por los golpes de todos los hombres, no sólo había roto huesos, también había roto el espíritu de un luchador.

Sunthas Escudoquebrado no portaría el escudo de ahora en adelante.

11. El final de Tarek Nev

¿Qué puede hacer que los hombres luchen hasta la muerte por una mera idea, la convicción de servir a aquellos que tienen el poder? Cuanta sangre vertida en pos de un imposible, persiguiendo una pesadilla, la esquiva dama Ethudil. Aquella hechicera había dejado tras de si un camino regado de veneno, engaños y mentiras, de trampas hechas con hueso, sangre y acero. Enemigos con el alma negra como la noche, diestros con la espada y el escudo, fieles como a aquella mujer tanto como los usuluni a sus corazones.

Así los usuluni salieron por la puerta de Tarek Nev con suspicacia, mirando atrás y arriba esperando un nuevo y último ataque pero ni el portón rugió ni las estatuas los miraron con la mirada de trueno. Recogieron sus mochilas y cogieron sus armas apenas limpias de sangre ajena, habían registrado hasta el fondo las ruinas de la antaño orgullosa capital y con los sacos llenos y el ánimo decaido marcharon para no volver. Dejaron atrás los bosques y mientras descendían rio abajo atisbaron a lo lejos los altos mástiles del Ryasso, El Dragón Marino de los haradrim y corsarios.

“Ha vuelto”, musitó en voz bajo Forak, cansado. Los usuluni se arrastraron y montaron en las dos barcas que los llevaron al barco, abatidos subieron a cubierta e intercambiaron una mirada con Arcamcris que bastó para hacer saber al duro capitán que necesitaban la paz y el consuelo que concede la soledad.

Finalmente cuando a mitad de julio, en una hermosa mañana soleada y con el sol calentando su piel vieron las primeras granjas de Usulun y el Ringló serpenteaba entre las colinas bañando las acequias, la peste se había transformado en un recuerdo. Los primeros soldados saludaron a los cansados viajeros y cuando entraron al fin su nariz se llenó de los olores familiares, el pan recién hecho, la madera cortada, las especias traídas desde Dol Amroth; los rostros familiares, sus amigos y aliados los tomaron de las manos y mesaron sus cabellos y barbas.

Al fin en casa

10. Un regreso inesperado

Los viajeros contaron poco de su regreso inesperado a Usûlun, con el corazón temeroso y los vientos favorables, surcaron las olas en un barco que nunca más sería el Calamidad, contando cada hora, cada anochecer y amanecer, luchando contra las bravas aguas del Cabo de Andrast, con el miedo enfriandolos cada día un poco más hasta volver a ver las primeras casas del pueblo.

El regreso fue alegre y triste al mismo tiempo, ¡qué sentimientos más opuestos y afines!, alegres por volver para abrazar y besar a los seres queridos y tristes por saber que el que era el corazón de su fuerza no estaba lejos de la urdimbre que se tejía alrededor. La pesadumbre y el miedo se reflejaba en el rosotro de cada uno de los había vivido la pesadilla de aquella noche, los tejados quemados, el suelo sucio aún de ceniza y cinco tumbas, cinco aldabonazos contra el escudo de Sunthas, cinco golpes contra el rostro de Gulthar, cinco mazazos contra la espada norteña de Adrahil, cinco cicatrices en la cara de Forâk, cinco dedos menos en la mano hábil de Din.

Todos los esperaban en la casa común y las formalidades desaparecieron entre la maraña de brazos y abrazos, de besos y caricias de la familia, del caldo caliente y vino, el hogar. Camlan, Tirrin, Aeguen y Marendil hablaban entre ellos, La Rosa y Grajo permanecían cerca de Sunthas, Calabdur y Haedrec comían en la misma mesa que su padre, observándolo; Ezkerzen, Olyvia y Rion ayudaban al duro Gulthar a desembarazarse de la pesada carga de su equipo entre palabras dulces de recriminación; la valiente Nylia mesaba las barbas de su esposo Dîn hablándole con palabras justas y sabias para hacerle olvidar la carga; Adrahil el duro montaraz conversaba en voz baja con Mileth bajo la mirada atenta de su aya, como único alivio a su soledad; y el antiguo mercenario Forak contemplaba pensativo el fuego absorto en sus pensamientos.

Aquellos días fueron frenéticos y la llegada del Escudero los hicieron más intensos pues se desentrañó que la Dama Ethudil había sido la causante de aquel mal y no sabían cuantos más, su brazo había sido largo y poderoso, su palabra la justa y su presencia tan intensa que no sólo había engañado a los viajeros, al Escudero y al Señor Spa, sino que el mismo Olorin había creído en sus palabras. Las visiones, los libros, los amigos, a todos y todo se consultó buscando el origen y razón de un odio tan duro y sordo pero no fue hasta que en Dol Amroth, Saerol el consejero del mismo príncipe Imrahil logró desenmarañar la terrible telaraña que la Dama Ethudil había tejido en la ciudad, pues supieron en aquella noche aciaga que Ethudil había sido y era parte de la Casa de Dor-En-Ernil y que en sus venas corría la misma sangre y vigor que por las del Príncipe y que su corazón se hizo oscuro como los abismos de Dol Guldur en una la noche en la que su esposo murió y la sombra cayó sobre ella.

Así supieron que la Dama había despedido al servicio a su cargo y tomando un nuevo barco de su flota partió al sur hacía tierras lejanas, una península que traía presajios de días oscuros, sangre y acero, la península de Vamag en cuyo extremo se encontraba la capital de los Corsarios, Umbar.

9. Annon Baran y el regreso inesperado

Tras el triunfo, tras la victoria llegó la reflexión, el dolor de las heridas, las carnes laceradas, el terrible olor de la carne quemada. Continuó con la retirada hasta el Calamidad calados hasta los huesos y ateridos en lo más profundo de su ser pues aunque habían triunfado habían visto el abismo de la derrota muy cerca, Idris los recibió friamente en el Calamidad, aquel barco de maderos negros que traía la ruina a aquel que lo capitaneaba, y discutieron sobre la necesidad de continuar o la obligación de contratar una tripulación nueva. Este hecho, que pudiera haber pasada desapercibido, trajo vientos helados sobre los viajeros, un cambio en sus corazones y silencio en sus almas. Ocurrió que descubrieron como Idris parecía escuchar los consejos entre las sombras de una terrible lobo negro vestido de oscuridad, aquel lobo que cerca había estado de dar con sus huesos en la Puerta Sur de los Senderos de los Muertos, y así y tras breve juicio le dieron muerte a la última de la tripulación del Calamidad. Aquella acción los dividió durante un breve tiempo pues rápida y sin piedad se acabó con la nueva capitana sin cuartel , ¿fue justa su muerte?, ¿la mereció?, ¿tan negro era su corazón?

Fue Sunthas el único que no albergó duda alguna pues sintió la fuerza de su fé guiar su brazo y fue tras esto en que abandonaron el navío en las aguas del puerto y siguieron su ruta hacia el norte siguiendo la orilla del Brandivino.

Pero, ¡ay!, poco duró su determinación pues en la siguiente noche Sunthas se levantó con una terrible pesadumbre, el amuleto ardía sobre su piel, ¡compañeros alzad el campamento, volvemos a Usulun!, ¡nuestra familia peligra!

8. Annon Baran

La mansión GrabenLa ciudad de Annon Baran quedará grabada a fuego en la memoria de los viajeros, pues sabed ilustres lectores, que significó un antes y un después en los corazones de los usuluni, más no adelantemos acontecimientos.

Un fría mañana de invierno alcanzaron Minas Tonfallon, un islote cerca del cabo del Eryn Vorn donde la dura Belenwen capitaneaba un abigarrado conjunto de hombres sirviendo a los intereses de la Dama Ethudil, si bien la estancia fue breve sirvió para constatar que no quedaban simpatías entre la antigua mercenaria y el capitán del Calamidad, no se cruzaron palabra de bienaventura ni pregunta alguna. Partieron pronto hacia Annon Baran donde creían que podrían desenmarañar la terrible maldición que pesaba sobre el barco de maderos negros sin saber entonces que acabaría de una forma muy distinta a la que planeaban.

La llegada a Annon Baran fue en medio de la noche, un embarcadero de madera en mitad de la desembocadura del rio estaba iluminado por unos débiles fanales y el recibimiento a los usuluni fue tan frio como el aire que respiraban pues los Graben, malditos y engendros, animados por la pura fuerza de voluntad los esperaban reclamando justicia sobre Vengaree. Más no sabían estos condenados que los usuluni se abrirían paso a golpe de espada y maza hasta desentrañar sus más profundos secretos, que alcanzarían a rescatar a la familia de la pequeña Charisir, que se abrirían paso de vuelta con tesón hasta el barco negro sólo para descubrir que habían sido burlados, que la tripulación había sido masacrada y que Vengaree y Haldir habían muerto para defender a Dolin y a Idris.

Aquí, en este punto, es donde se forjó el fin de los Graben pues la venganza no es juramento que surja pronto entre nuestros viajeros sino que se cuece a fuego lento y borbotea hasta que nace como un grito que atraviesa la noche. Sin dilación se aprestaron a luchar contra la misma naturaleza del lugar, la familia Graben que había gobernado desde tiempos antiguos. No me extenderé en detalles pero sabed que el asalto a la mansión fue el más osado y peligroso que haya oído este anciano, que lucharon y apretaron los dientes hasta astillárselos para ganar cada paso, para asestar cada golpe, que sangraron y se rompieron los huesos, que vomitaron de cansancio, que perdieron la esperanza y la recuperaron.

Y finalmente fue el humilde fuego del maestro Dîn el que convirtió en cenizas aquel viejo edificio y que cubiertos de hollín y sangre, los gritos de victoria de los usuluni rompieron el mudo amanecer.

“Tur usuluni, tur usuluni”

Cambio de aires

Como bien saben los usulunis hemos hecho una pequeña parada en nuestro periplo para atender el resto de nuestros quehaceres diarios. Sunthas de maniobras, Adrahil que se marcha cruzando desiertos y montañas al otro lado del mundo, mientras Din y Gulthar se mantienen en sus puestos.

Un servidor coge sus bártulos, recuerdos y mucha ilusión y vuela, no muy lejos, pero si lo suficiente para comenzar de nuevo en una nueva posada. Esperemos que esta espera no se alargue demasiado y que los usuluni vuelvan a entonar sus gritos de batalla para vender caro su pellejo ante los temibles Graben.

Nos mantendremos en contacto, usulunis, la fecha y hora es meramente orientativa ya que, como sabeis, depende de muchos factores. Contadme.

ACTUALIZACIÓN. Adrahil se dispone a luchar de nuevo en la fecha acordada, tan solo depende de que consiga una buena conexión a internet para ese día. Cuando se acerque el momento os diré como llegar a la nueva posada. Hail.